17 - La Ilustración: La libertad de pensar

 

Capítulo 17 — La Ilustración: La libertad de pensar

Los Pilares de la Civilización

Durante siglos, la humanidad había aprendido a mirar el mundo de una manera diferente.

La imprenta había multiplicado los libros.

El Renacimiento había recuperado ideas de la Antigüedad.

La Revolución Científica había demostrado que incluso las explicaciones más respetadas podían estar equivocadas.

Copérnico había movido la Tierra.

Galileo había apuntado un telescopio hacia el cielo.

Newton había convertido el movimiento de los planetas en matemáticas.

Una nueva idea comenzaba a extenderse:

si podemos cuestionar nuestras explicaciones sobre la naturaleza, también podemos cuestionar nuestras explicaciones sobre la sociedad.

¿Por qué debe gobernar una persona?

¿Por qué algunas personas nacen con privilegios y otras no?

¿Por qué una autoridad debería tener siempre la razón?

¿Por qué una religión, un rey o una tradición deberían estar fuera del examen de la razón?

En el siglo XVIII, estas preguntas adquirieron una fuerza extraordinaria.

Había comenzado la Ilustración.


¿Qué significa iluminar?

La palabra Ilustración hace referencia a la idea de iluminar aquello que permanece en la oscuridad.

La metáfora era poderosa.

La ignorancia era oscuridad.

El conocimiento era luz.

El prejuicio era oscuridad.

La razón era luz.

La superstición era oscuridad.

El pensamiento crítico era luz.

Los ilustrados no pensaban exactamente igual.

No formaban un partido político.

No compartían todas las mismas ideas.

Pero muchos tenían algo en común:

creían que la razón humana podía utilizarse para comprender y mejorar la sociedad.


Sapere aude

Uno de los lemas más famosos de la Ilustración fue:

“Sapere aude.”

Atrévete a saber.

O, en un sentido más amplio:

atrévete a pensar por ti mismo.

El filósofo alemán Immanuel Kant convirtió esta idea en una de las expresiones más conocidas del espíritu ilustrado.

Para Kant, la Ilustración significaba salir de una situación de dependencia intelectual.

No aceptar una idea simplemente porque alguien con autoridad la había pronunciado.

No pensar:

“Es verdad porque lo dice el rey.”

“No puede cuestionarse porque lo dice la tradición.”

“No debemos discutirlo porque siempre se ha hecho así.”

La invitación era mucho más radical:

usa tu propia razón.


La razón contra el dogma

La Ilustración no declaró que todo lo antiguo fuera falso.

Tampoco afirmó que toda tradición fuera inútil.

El problema era otro:

ninguna idea debía ser considerada verdadera simplemente porque era antigua, poderosa o popular.

Una afirmación debía poder ser examinada.

Esto conecta directamente con la Revolución Científica.

Galileo había preguntado:

“¿Qué podemos observar?”

Los ilustrados comenzaron a preguntar:

“¿Qué podemos justificar?”

La razón se convirtió en una herramienta para examinar no solamente la naturaleza, sino también las instituciones humanas.


John Locke y los derechos

Uno de los pensadores fundamentales fue John Locke.

Locke defendió la idea de que los seres humanos poseen derechos que no dependen simplemente de la voluntad de un gobernante.

Vida.

Libertad.

Propiedad.

El poder político, según esta tradición, no debía existir únicamente para beneficiar al gobernante.

Tenía una función:

proteger los derechos de las personas.

Esto modificaba profundamente la pregunta política.

Durante siglos, una pregunta habitual había sido:

¿Quién tiene derecho a gobernar?

La Ilustración comenzó a formular otra:

¿Por qué tiene derecho a gobernar?

Y todavía más importante:

¿Qué límites debe tener su poder?


El poder también puede equivocarse

Esta idea parece sencilla.

Pero históricamente fue revolucionaria.

Los gobernantes podían equivocarse.

Los gobiernos podían abusar del poder.

Las leyes podían ser injustas.

Las instituciones podían necesitar reformas.

Y si una sociedad acepta que ninguna autoridad humana es infalible, entonces el poder necesita límites.

Aquí aparece uno de los grandes principios políticos de la modernidad:

el poder debe poder ser cuestionado.

No porque todo gobierno sea necesariamente malo.

Sino porque todo poder humano puede ser utilizado de manera equivocada.


Montesquieu y la división del poder

Charles-Louis de Secondat, barón de Montesquieu, desarrolló una idea que tendría enorme influencia:

la separación de poderes.

Si una sola persona controla todo...

gobierna.

hace las leyes.

y decide cómo se aplican...

¿quién puede detenerla?

Montesquieu propuso distribuir las funciones del Estado.

Poder legislativo.

Poder ejecutivo.

Poder judicial.

La idea no era simplemente organizar oficinas.

Era impedir que el poder se concentrara completamente en unas mismas manos.

La lógica era sencilla:

el poder debe limitar al poder.


Voltaire y la libertad de expresión

Voltaire se convirtió en uno de los grandes defensores de la libertad intelectual.

Combatió el fanatismo, criticó abusos de poder y defendió la tolerancia religiosa.

Su pensamiento ayudó a popularizar una idea fundamental:

una sociedad libre necesita poder discutir.

Porque si una idea no puede ser cuestionada...

¿cómo podemos saber si es correcta?

Si una autoridad decide qué puede decirse...

¿cómo puede una sociedad descubrir sus errores?

La libertad de expresión no es solamente el derecho a decir cosas agradables.

También protege la posibilidad de decir:

“Creo que estás equivocado.”

Y eso resulta incómodo.

Pero es precisamente por eso que es importante.


Rousseau y el origen del poder

Jean-Jacques Rousseau planteó otra pregunta fundamental:

¿De dónde obtiene legitimidad un gobierno?

Su respuesta estuvo relacionada con la voluntad general y con la idea de un contrato social.

La sociedad no debía entenderse simplemente como una población obedeciendo a un monarca.

Los ciudadanos formaban parte del cuerpo político.

El poder tenía una relación con ellos.

Estas ideas tendrían una enorme influencia en los debates políticos posteriores.


La Enciclopedia: organizar el conocimiento

Pero quizá uno de los proyectos que mejor representa el espíritu de la Ilustración fue la Encyclopédie, dirigida por Denis Diderot y Jean le Rond d'Alembert.

La idea era ambiciosa:

reunir y organizar el conocimiento humano.

Ciencia.

Arte.

Oficios.

Filosofía.

Tecnología.

Historia.

Todo podía convertirse en objeto de estudio.

Y aquí vuelve a aparecer nuestro hilo conductor.

Alejandría había intentado reunir el conocimiento.

Los monasterios habían ayudado a conservarlo.

Gutenberg había permitido multiplicarlo.

La Ilustración quería hacer algo nuevo:

organizarlo para que pudiera ser utilizado por la sociedad.


El conocimiento ya no era solamente para unos pocos

La Encyclopédie representaba también una nueva actitud.

El conocimiento no debía permanecer encerrado en pequeños círculos de especialistas.

Podía ser explicado.

Ordenado.

Publicado.

Discutido.

Compartido.

La idea era profundamente democratizadora:

una sociedad que sabe más puede pensar mejor.

Por supuesto, la realidad fue mucho más complicada.

La educación seguía siendo limitada.

La desigualdad continuaba existiendo.

Las mujeres tenían enormes obstáculos para acceder a las instituciones intelectuales.

Los esclavos y los pueblos colonizados estaban lejos de disfrutar los derechos que muchos ilustrados defendían.

La Ilustración tuvo contradicciones profundas.

Y reconocerlas también forma parte de estudiarla.


Las mujeres y la Ilustración

Las ideas de libertad e igualdad generaron una pregunta inevitable:

¿igualdad para quién?

Mary Wollstonecraft fue una de las voces que llevaron esa pregunta más lejos.

En Vindicación de los derechos de la mujer, publicada en 1792, argumentó que las mujeres no eran inferiores por naturaleza y que la falta de educación contribuía a mantener su subordinación.

La pregunta ilustrada podía aplicarse a la propia Ilustración:

Si la razón es universal...

¿por qué no debería serlo también el derecho a educarse y participar en la vida intelectual?

Las ideas comenzaron a cuestionar incluso los límites de quienes las habían formulado.


La tolerancia religiosa

Otro de los grandes debates fue la relación entre religión y poder.

Durante siglos, las diferencias religiosas habían contribuido a guerras, persecuciones y conflictos políticos.

Los ilustrados defendieron, con diferentes argumentos, una mayor tolerancia.

La idea fundamental era que una persona podía tener creencias diferentes sin que eso justificara necesariamente su persecución.

La libertad de conciencia comenzaba a adquirir un valor político.

No significaba que la religión desapareciera.

Significaba que el Estado y la sociedad comenzaban a discutir una nueva posibilidad:

¿puede una persona pensar de manera diferente y seguir siendo libre?


La libertad de pensar

Aquí llegamos al corazón de este capítulo.

La libertad no comienza solamente cuando una persona puede votar.

Comienza antes.

Comienza cuando puede hacerse preguntas.

Cuando puede leer.

Cuando puede discutir.

Cuando puede cambiar de opinión.

Cuando puede equivocarse.

Cuando puede escuchar una idea y responder:

“No estoy de acuerdo.”

Una sociedad libre necesita ciudadanos capaces de pensar.

Y ciudadanos capaces de pensar necesitan acceso al conocimiento.

Por eso educación, libertad de expresión y pensamiento crítico están profundamente conectados.


La Ilustración y la revolución política

Las ideas ilustradas no permanecieron en los libros.

Comenzaron a influir en acontecimientos políticos.

En 1776, las colonias británicas de América del Norte declararon su independencia.

La Declaración de Independencia defendió ideas relacionadas con derechos y libertad.

En 1789 comenzó la Revolución Francesa.

La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano proclamó principios de libertad e igualdad jurídica.

El mundo político estaba cambiando.

La idea de que el poder debía justificarse comenzó a competir con la idea tradicional de que el poder simplemente se heredaba.


Pero las ideas también pueden producir contradicciones

La Revolución Francesa demostraría algo importante.

Las ideas de libertad pueden inspirar transformaciones extraordinarias.

Pero convertir ideas en instituciones es mucho más difícil.

La revolución terminó atravesando violencia, conflictos internos y el Terror.

Esto nos recuerda una lección que veremos muchas veces en la historia:

una buena idea no garantiza automáticamente un buen resultado.

Las instituciones importan.

Los límites al poder importan.

Las reglas importan.

Y también importa la capacidad de una sociedad para corregir sus propios errores.


El nacimiento de una nueva idea de ciudadanía

Poco a poco comenzó a cambiar la definición de ciudadano.

No debía ser simplemente alguien que obedecía.

Debía ser alguien que participaba en la vida pública.

Alguien que podía tener derechos.

Alguien cuya opinión tenía importancia.

Alguien sometido a leyes que, al menos en principio, también limitaban al gobierno.

La sociedad comenzaba a pasar de la lógica del súbdito a la del ciudadano.

Y esa transformación sería una de las bases de la política moderna.


La razón también tiene límites

Pero la Ilustración nos deja otra lección.

La razón humana es poderosa.

Pero no es infalible.

Los ilustrados también podían equivocarse.

Podían tener prejuicios.

Podían subestimar aspectos de la naturaleza humana.

Podían defender la libertad mientras aceptaban sistemas profundamente injustos.

Por eso la verdadera herencia de la Ilustración no debería ser:

“los ilustrados tenían razón en todo.”

Debería ser:

“tenemos derecho a examinar incluso las ideas de quienes admiramos.”

Eso es pensamiento crítico.


La libertad de pensar no significa pensar correctamente

Esta distinción es fundamental.

Una sociedad libre no garantiza que todos tengan buenas ideas.

Garantiza algo diferente:

que las ideas puedan competir.

Una persona puede equivocarse.

Otra puede corregirla.

Una tercera puede presentar una evidencia nueva.

Una cuarta puede cuestionar a ambas.

Y de ese conflicto intelectual puede surgir una comprensión mejor.

El objetivo no es eliminar el desacuerdo.

Es permitir que el desacuerdo ocurra sin que una autoridad tenga que decidir quién puede pensar.


Del libro al ciudadano

Miremos nuevamente nuestra cadena.

La escritura permitió conservar ideas.

Las bibliotecas permitieron reunirlas.

Los monasterios ayudaron a protegerlas.

La imprenta permitió multiplicarlas.

El Renacimiento recuperó antiguas preguntas.

La ciencia enseñó a confrontar las ideas con la evidencia.

La Ilustración llevó esa actitud al terreno de la sociedad.

La pregunta dejó de ser solamente:

“¿Cómo funciona el universo?”

Ahora también era:

“¿Cómo debería organizarse una sociedad?”

Y una pregunta todavía más incómoda:

“¿Quién tiene derecho a decidirlo?”


El gran legado

Quizá el legado más importante de la Ilustración no sea una lista de filósofos.

Ni siquiera una lista de revoluciones.

Es una actitud intelectual.

La convicción de que ninguna autoridad humana debería estar completamente protegida del examen de la razón.

Ni el rey.

Ni el sacerdote.

Ni el filósofo.

Ni el científico.

Ni el gobierno.

Ni nosotros mismos.

Porque si aceptamos que una idea puede ser examinada, también aceptamos la posibilidad de descubrir que estamos equivocados.

Y esa posibilidad es una de las condiciones fundamentales para aprender.


El siguiente salto

Pero mientras los filósofos discutían sobre libertad, derechos y razón, otra transformación estaba comenzando.

En talleres y fábricas aparecían nuevas máquinas.

La energía del vapor comenzaba a utilizarse de formas cada vez más poderosas.

La producción podía multiplicarse.

Las ciudades empezaban a crecer.

El trabajo comenzaba a cambiar.

La ciencia estaba encontrando aplicaciones prácticas.

Y el conocimiento estaba a punto de convertirse en una fuerza capaz de transformar no solamente nuestras ideas...

sino nuestra manera de vivir.

La humanidad estaba entrando en una nueva era.

La Revolución Industrial.


El hilo invisible

Si seguimos la historia hasta aquí, podemos verla como una cadena de capacidades:

Alejandría → reunir.

Los monjes → conservar.

Gutenberg → multiplicar.

El Renacimiento → recuperar y reinterpretar.

La Revolución Científica → comprobar.

La Ilustración → cuestionar.

Y ahora viene una nueva pregunta:

¿Qué ocurre cuando una civilización puede convertir sus conocimientos científicos en máquinas capaces de producir a una escala completamente nueva?

La respuesta cambiará la economía.

La política.

Las ciudades.

El trabajo.

La educación.

La población.

Y finalmente, el planeta entero.


Siguiente capítulo

Capítulo 18 — La Revolución Industrial: Cuando las máquinas cambiaron el mundo

La humanidad había aprendido a pensar de otra manera.

Ahora estaba a punto de aprender a producir de otra manera.