20 - Internet: Cuando el conocimiento se conectó

 

Capítulo 20 — Internet: Cuando el conocimiento se conectó

Los Pilares de la Civilización

Durante miles de años, la humanidad tuvo un problema fundamental:

el conocimiento podía existir en un lugar, pero no necesariamente en otro.

Alejandría podía reunir miles de textos.

Un monasterio podía conservar un manuscrito.

Gutenberg podía imprimir cientos de ejemplares.

Una escuela podía enseñar esos conocimientos a sus alumnos.

Pero seguía existiendo una limitación:

la distancia.

Un libro tenía que viajar.

Una carta necesitaba un mensajero.

Un periódico tenía que imprimirse y distribuirse.

Una noticia podía tardar días en llegar a otra ciudad.

Una investigación podía permanecer durante años sin ser conocida por alguien que viviera al otro lado del mundo.

Entonces apareció una idea extraordinaria:

¿Y si las computadoras pudieran comunicarse entre sí?

No solamente dos.

No solamente diez.

Miles.

Millones.

Y eventualmente, miles de millones.

Había comenzado una nueva etapa de la historia del conocimiento.


Antes de Internet, ya existía la comunicación a distancia

Internet no apareció de la nada.

Fue construido sobre siglos de avances anteriores.

El telégrafo había permitido enviar mensajes mediante señales eléctricas.

El teléfono permitió transmitir voz.

La radio permitió enviar información sin cables.

La televisión permitió distribuir imágenes y sonido.

Las computadoras permitieron procesar información.

Cada tecnología resolvía una parte del problema.

Pero faltaba algo:

conectar las computadoras entre sí.

La gran revolución sería combinar informática y telecomunicaciones.


La idea de una red

Una computadora aislada puede almacenar información.

Pero una computadora conectada puede compartirla.

Dos computadoras pueden intercambiar mensajes.

Varias pueden compartir recursos.

Miles pueden formar una red.

Pero entonces aparece una pregunta:

¿cómo hacemos que redes diferentes puedan comunicarse entre sí?

Esa pregunta sería fundamental.

Porque el objetivo final no era construir una única red gigantesca.

Era conseguir que redes diferentes pudieran funcionar juntas.

De ahí surgiría una de las ideas fundamentales de Internet:

inter-networking.

Una red de redes.


ARPANET

En la década de 1960, investigadores financiados por la Advanced Research Projects Agency —ARPA— comenzaron a explorar nuevas formas de conectar computadoras.

El objetivo no era simplemente enviar mensajes.

También se buscaba compartir recursos informáticos costosos entre instituciones de investigación.

En 1969 comenzó a funcionar ARPANET.

A finales de ese año ya había cuatro computadoras principales conectadas en la red inicial.

Era diminuta comparada con Internet.

Pero contenía una idea gigantesca.

Las computadoras podían comunicarse a través de una red.


El primer mensaje

El 29 de octubre de 1969 se intentó enviar desde UCLA hacia el Stanford Research Institute la palabra:

LOGIN

Pero el sistema falló después de transmitir solamente:

LO

La primera comunicación entre esos sistemas terminó siendo, técnicamente, un fracaso parcial.

Pero históricamente fue un éxito extraordinario.

Porque aquel pequeño:

LO

demostraba que una computadora podía enviar información a otra computadora a través de una red.

La historia de Internet comenzaba con un mensaje incompleto.

Y quizá eso resulte apropiado.

Las grandes revoluciones rara vez empiezan completas.


Los paquetes

Una de las ideas fundamentales de las redes modernas fue dividir la información en pequeñas unidades:

paquetes.

En lugar de enviar un mensaje completo como una sola pieza, podía dividirse en fragmentos.

Cada paquete podía viajar por la red.

Después, los paquetes podían volver a reunirse en el destino.

Esto hacía posible utilizar la infraestructura de manera mucho más flexible.

Y tenía otra ventaja:

si una ruta estaba congestionada o no estaba disponible, la información podía utilizar otras rutas.

La red comenzaba a parecerse menos a una carretera única...

y más a un enorme sistema de caminos interconectados.


La red no debía depender de un solo camino

Esta idea sería fundamental.

Si existe una única ruta entre dos puntos y esa ruta falla, la comunicación se interrumpe.

Pero si existen múltiples rutas, la red puede encontrar alternativas.

Esto ayudó a construir una infraestructura mucho más resistente.

No se trataba solamente de conectar computadoras.

Se trataba de construir una arquitectura capaz de seguir funcionando incluso cuando algunas partes fallaran.


El correo electrónico

Y entonces apareció una aplicación que cambiaría la forma de comunicarnos:

el correo electrónico.

En 1971, Ray Tomlinson desarrolló un sistema de correo electrónico en ARPANET y popularizó el uso del símbolo @ para separar el nombre del usuario del sistema o computadora de destino.

El correo electrónico tuvo un impacto enorme.

¿Por qué?

Porque convirtió una red de computadoras en una red de personas.

Ya no se trataba solamente de compartir recursos informáticos.

Ahora podíamos decir:

“Quiero enviarle un mensaje a alguien.”

La comunicación humana se convirtió en una de las aplicaciones más importantes de la red.


La computadora dejó de ser una isla

Durante los primeros años, una computadora podía parecer una máquina aislada.

Procesaba información.

Realizaba cálculos.

Almacenaba archivos.

Pero al conectarse a una red adquiría una nueva capacidad:

comunicarse.

Y cuando millones de computadoras pueden comunicarse...

la función de cada computadora cambia.

Ya no importa solamente lo que una máquina contiene.

También importa aquello a lo que puede acceder.

Esta es una transformación profunda.

El valor de una computadora comienza a depender también de su conexión con otras.


El problema de hablar el mismo idioma

Pero conectar redes diferentes no era sencillo.

Cada red podía utilizar métodos distintos.

Necesitábamos reglas comunes.

Protocolos.

Una especie de lenguaje técnico que permitiera que máquinas diferentes pudieran entenderse.

Aquí entraron en escena investigadores como Vinton Cerf y Robert Kahn.

Desarrollaron los principios de TCP/IP, un conjunto de protocolos que permitiría conectar redes diferentes.

La idea era extraordinariamente poderosa:

no importa qué tipo de red tengas; si utiliza protocolos compatibles, puede comunicarse con otras redes.

Internet comenzaba a tomar forma.


1 de enero de 1983

El 1 de enero de 1983 se produjo una transformación fundamental.

ARPANET abandonó su protocolo anterior, NCP, y adoptó TCP/IP.

Ese cambio suele considerarse uno de los momentos fundamentales en la evolución hacia el Internet moderno.

Ahora distintas redes podían comunicarse utilizando un conjunto común de protocolos.

La idea de una red de redes comenzaba a convertirse en realidad.


Internet no es la Web

Aquí debemos hacer una pausa porque existe una confusión muy común.

Internet y la World Wide Web no son exactamente lo mismo.

Internet es la infraestructura.

La Web es un servicio que funciona sobre esa infraestructura.

Es como distinguir una carretera de los vehículos que circulan por ella.

La carretera permite el tránsito.

Los vehículos utilizan la carretera.

De manera parecida, Internet permite diferentes servicios:

correo electrónico,

transferencia de archivos,

mensajería,

videollamadas,

juegos,

y, por supuesto,

la World Wide Web.


Tim Berners-Lee

En 1989, mientras trabajaba en el CERN, Tim Berners-Lee propuso un sistema para facilitar el intercambio de información entre investigadores.

La idea era utilizar documentos conectados mediante enlaces.

Un documento podía llevar a otro.

Y ese otro podía llevar a otro.

La información podía convertirse en una red de referencias.

Berners-Lee desarrolló los elementos fundamentales de la World Wide Web, incluyendo HTML, HTTP y el concepto de URL.

En 1990 creó el primer servidor y navegador web.

La Web había nacido.


El hipertexto

La idea parecía sencilla.

Imaginemos que estamos leyendo un documento.

Aparece una palabra.

Hacemos clic.

Y esa palabra nos lleva a otro documento.

Ese documento contiene otra referencia.

Hacemos clic nuevamente.

Y llegamos a otra página.

El conocimiento deja de ser una secuencia estrictamente lineal.

Un libro tradicional puede tener una estructura:

Página 1.

Página 2.

Página 3.

Página 4.

La Web permite algo diferente:

una red de conexiones.

El lector puede saltar de una idea a otra.

De un autor a otro.

De un documento a otro.

De un país a otro.

La información comienza a comportarse como una red.


La primera página web

La primera página web no parecía gran cosa comparada con lo que conocemos hoy.

No tenía videos.

No tenía publicidad.

No tenía redes sociales.

No tenía fotografías espectaculares.

Era esencialmente información sobre el proyecto World Wide Web.

Pero contenía algo mucho más importante:

el principio de una nueva forma de organizar el conocimiento.


Una biblioteca sin paredes

Imaginemos ahora una biblioteca.

Pero una biblioteca donde cada libro pudiera llevarnos instantáneamente a otro.

Donde una referencia bibliográfica pudiera convertirse en un enlace.

Donde un documento publicado en Europa pudiera ser consultado desde América.

Donde millones de autores pudieran publicar sin necesitar una imprenta tradicional.

Eso es una parte de lo que la Web hizo posible.

La biblioteca había dejado de estar limitada por sus paredes.


El conocimiento comenzó a viajar a la velocidad de la luz

Durante siglos, mover información significaba mover objetos.

Una carta.

Un libro.

Un periódico.

Un telegrama.

Pero ahora podíamos enviar datos electrónicamente.

La distancia física perdió gran parte de su importancia.

Una persona en México podía acceder a información almacenada en Europa.

Un investigador en Japón podía consultar un documento publicado en Estados Unidos.

Un estudiante podía aprender de una universidad situada a miles de kilómetros.

La geografía comenzó a importar menos.


La democratización de la publicación

Gutenberg había cambiado quién podía imprimir.

Internet y la Web cambiarían quién podía publicar.

Antes:

para llegar a millones de personas necesitabas una imprenta, un periódico, una editorial o una estación de radio o televisión.

Después:

una computadora conectada podía convertirse en un medio de publicación.

Eso fue revolucionario.

Un estudiante podía crear una página.

Un investigador podía publicar sus resultados.

Una pequeña empresa podía crear un sitio web.

Un ciudadano podía escribir sus opiniones.

Un artista podía mostrar su trabajo.

La capacidad de publicar comenzó a distribuirse.


Del lector al creador

Durante siglos, la comunicación masiva había sido principalmente unidireccional.

Un periódico publicaba.

El lector leía.

Una estación transmitía.

La audiencia escuchaba.

Una televisora emitía.

El espectador observaba.

Internet comenzó a cambiar esa relación.

El usuario podía leer.

Pero también escribir.

Comentar.

Publicar.

Compartir.

Crear.

Responder.

La audiencia podía convertirse en productor.

Y esa transformación sería todavía más importante con las redes sociales.


Los buscadores

Pero apareció un nuevo problema.

Si millones de páginas podían existir...

¿cómo encontramos lo que buscamos?

Necesitábamos sistemas para organizar la información.

Los motores de búsqueda comenzaron a desempeñar ese papel.

Google, fundado en 1998 por Larry Page y Sergey Brin, se convirtió posteriormente en uno de los buscadores más influyentes.

El buscador hizo algo fundamental:

permitió transformar una red gigantesca de documentos en algo que una persona podía explorar mediante una pregunta.

En lugar de conocer la dirección exacta de una página...

podíamos simplemente preguntar.


La pregunta se convirtió en una interfaz

Durante siglos, para encontrar información necesitábamos saber dónde buscar.

Biblioteca.

Libro.

Índice.

Catálogo.

Archivo.

Ahora podíamos escribir:

“¿Qué ocurrió en 1789?”

“¿Cómo funciona un motor?”

“¿Quién fue Aristóteles?”

“¿Cómo reparar una motocicleta?”

La pregunta se convirtió en una nueva herramienta de navegación.

Y aquí empieza a aparecer algo que será fundamental para nuestro último capítulo:

la relación entre una pregunta y una máquina capaz de responderla.


El comercio entra en la red

Internet dejó de ser únicamente una herramienta académica.

Las empresas comenzaron a descubrir su potencial.

Aparecieron tiendas en línea.

Banca electrónica.

Publicidad digital.

Servicios de suscripción.

Plataformas de comunicación.

El comercio dejó de depender exclusivamente de un establecimiento físico.

Una empresa podía vender a alguien situado a miles de kilómetros.

La economía se estaba convirtiendo en digital.


La comunicación cambió otra vez

Después llegaron los foros.

Los chats.

Los blogs.

Las redes sociales.

Los servicios de mensajería.

Las videollamadas.

La comunicación dejó de ser únicamente de uno a muchos.

Podía ser:

uno a uno,

uno a muchos,

muchos a uno,

o muchos a muchos.

La humanidad había construido una gigantesca conversación global.

Pero una conversación de esta escala traería también nuevos problemas.


Información no significa conocimiento

Esta distinción es fundamental.

Internet nos dio acceso a una cantidad extraordinaria de información.

Pero tener más información no significa automáticamente comprender mejor.

Podemos encontrar una respuesta correcta.

Y una respuesta falsa.

Una investigación científica.

Y una teoría sin evidencia.

Un libro.

Y una mentira.

Una explicación.

Y propaganda.

Internet democratizó la publicación.

Pero también democratizó la posibilidad de publicar errores.

La abundancia de información creó un nuevo problema:

¿cómo distinguimos el conocimiento de la desinformación?


La velocidad también tiene un precio

Antes de Internet, una noticia podía tardar.

Había tiempo para editar.

Imprimir.

Distribuir.

Ahora una información puede recorrer el planeta en segundos.

Eso es extraordinario.

Pero significa que un error también puede recorrer el planeta en segundos.

Una mentira puede hacerse viral.

Una fotografía puede sacarse de contexto.

Un rumor puede alcanzar millones de personas antes de ser desmentido.

La velocidad de la información se convirtió en una ventaja...

y en un riesgo.


La privacidad

Internet también creó una nueva pregunta:

¿qué ocurre con nuestros datos?

Cuando utilizamos servicios digitales dejamos rastros.

Búsquedas.

Mensajes.

Ubicaciones.

Preferencias.

Fotografías.

Compras.

Contactos.

La sociedad comenzó a descubrir que la información personal podía convertirse en un recurso económico.

La era digital no solamente creó nuevas formas de comunicación.

Creó una nueva economía basada en datos.


La nueva plaza pública

Durante siglos, las plazas, cafés, periódicos y estaciones de radio fueron espacios de conversación pública.

Internet creó una plaza mucho más grande.

Pero también mucho más difícil de controlar.

En ella pueden encontrarse científicos.

Estudiantes.

Periodistas.

Gobiernos.

Empresas.

Artistas.

Activistas.

Ciudadanos.

Y también personas que deliberadamente intentan manipular la información.

La libertad de expresión adquirió una nueva dimensión.

Pero también la responsabilidad de verificar lo que compartimos.


El conocimiento se volvió global

Aquí encontramos uno de los mayores logros de Internet.

Una persona puede aprender de otra que vive al otro lado del planeta.

Una universidad puede publicar sus investigaciones para todo el mundo.

Un programador puede compartir gratuitamente una herramienta con millones de personas.

Una persona puede enseñar algo mediante un video.

Otra puede aprenderlo.

La distancia dejó de ser una barrera absoluta.

El conocimiento comenzó a circular a una escala que ninguna biblioteca física podría igualar.


El código abierto

Internet también permitió una nueva forma de colaboración.

Personas que nunca se habían conocido podían trabajar juntas sobre el mismo proyecto.

El software de código abierto es un ejemplo extraordinario.

Un programador puede escribir una parte.

Otro puede corregirla.

Otro puede mejorarla.

Otro puede encontrar un error.

Otro puede añadir una función.

El conocimiento técnico comienza a construirse colectivamente.

La colaboración ya no necesita ocurrir necesariamente en la misma oficina.


De la biblioteca a la nube

Durante miles de años preguntamos:

“¿Dónde está el conocimiento?”

Primero estaba en la memoria.

Después en tablillas.

Papiros.

Manuscritos.

Libros.

Bibliotecas.

Ahora puede estar distribuido entre enormes cantidades de servidores conectados.

La información ya no necesita estar en un único lugar.

Puede existir en múltiples copias.

Puede viajar.

Puede sincronizarse.

Puede recuperarse.

La civilización había creado una nueva infraestructura de memoria.


Pero Internet no es infinito

Aunque parezca que todo está disponible...

no todo está en Internet.

Y lo que está disponible puede desaparecer.

Páginas que dejan de existir.

Empresas que cierran.

Servidores que se apagan.

Formatos que quedan obsoletos.

Enlaces que se rompen.

Información que nunca fue digitalizada.

La humanidad había resuelto parcialmente el problema de distribuir información.

Pero seguía enfrentando un problema antiguo:

conservarla.

La memoria digital también necesita instituciones, archivos y personas que la protejan.


El hilo invisible

Miremos nuevamente nuestra cadena.

Alejandría → reunir.

Los monjes → conservar.

Gutenberg → multiplicar.

El Renacimiento → recuperar.

La Revolución Científica → comprobar.

La Ilustración → cuestionar.

La Revolución Industrial → transformar.

La Educación Pública → democratizar.

Internet → conectar.

Cada revolución había ampliado nuestra capacidad.

Ahora el conocimiento podía viajar prácticamente de cualquier punto conectado a cualquier otro.

Pero todavía faltaba una transformación.

Una transformación que afectaría directamente a la relación entre:

el ser humano y el conocimiento.


La máquina que procesa información

La computadora había comenzado como una herramienta para realizar cálculos.

Después se convirtió en una máquina para almacenar información.

Luego en una herramienta de comunicación.

Internet conectó esas máquinas.

Pero entonces apareció una pregunta mucho más ambiciosa:

¿puede una máquina hacer algo más que almacenar y transmitir información?

¿Puede analizarla?

¿Puede reconocer patrones?

¿Puede aprender de ejemplos?

¿Puede comprender lenguaje?

¿Puede generar texto?

¿Puede crear imágenes?

¿Puede ayudarnos a resolver problemas?

Durante décadas, científicos e ingenieros trabajaron alrededor de estas preguntas.

Y poco a poco comenzó a aparecer una nueva tecnología.


La gran pregunta

La humanidad había construido una infraestructura capaz de conectar el conocimiento del planeta.

Ahora estaba construyendo máquinas capaces de procesar ese conocimiento.

La imprenta multiplicó las palabras.

La educación multiplicó las personas capaces de leerlas.

Internet conectó a esas personas.

La siguiente revolución sería diferente.

Por primera vez, una máquina comenzaría a participar directamente en tareas que asociamos con la inteligencia:

analizar,

clasificar,

traducir,

predecir,

reconocer,

generar.

La humanidad estaba entrando en una nueva etapa.

La era de la Inteligencia Artificial.


Siguiente capítulo

Capítulo 21 — Inteligencia Artificial: Cuando las máquinas comenzaron a aprender

Durante miles de años, los seres humanos construyeron herramientas para ampliar sus manos.

Después construyeron máquinas para ampliar sus músculos.

Ahora habían construido computadoras para ampliar su memoria y su capacidad de cálculo.

Y estaban a punto de intentar algo mucho más ambicioso:

construir máquinas capaces de trabajar con algo que siempre habíamos considerado exclusivamente nuestro: la inteligencia.