Capítulo 18 — La Revolución Industrial: Cuando las máquinas cambiaron el mundo
Los Pilares de la Civilización
Durante miles de años, la humanidad trabajó principalmente con sus manos.
Utilizó herramientas.
Animales.
Molinos de agua.
Molinos de viento.
La fuerza de los músculos.
La madera.
El viento.
El agua.
Pero había un límite.
La cantidad de energía disponible.
Un hombre podía trabajar determinadas horas al día.
Un caballo podía tirar de una carga determinada.
Un molino podía producir una cantidad limitada de energía.
La producción estaba condicionada por la fuerza física disponible.
Entonces ocurrió algo extraordinario.
La humanidad comenzó a encontrar maneras de utilizar una fuente de energía mucho más poderosa:
el vapor.
Y con él comenzó una transformación que cambiaría para siempre la civilización.
La Revolución Industrial.
No comenzó con una sola máquina
Cuando hablamos de Revolución Industrial, es tentador imaginar que todo comenzó cuando alguien inventó una máquina.
Pero las grandes transformaciones históricas rara vez funcionan así.
La Revolución Industrial fue el resultado de muchas innovaciones que comenzaron a conectarse entre sí.
Mejores máquinas.
Nuevas fuentes de energía.
Nuevos métodos de producción.
Nuevos materiales.
Mejores transportes.
Más comercio.
Más capital.
Más conocimiento científico.
Y una población cada vez mayor.
Cada innovación hacía posible otra.
Hasta que el sistema completo comenzó a acelerarse.
El carbón: energía enterrada
Uno de los protagonistas de esta transformación fue el carbón.
Durante siglos se había utilizado como combustible.
Pero en Gran Bretaña existían enormes reservas.
El problema era que muchas minas de carbón se inundaban.
Había que sacar el agua.
Y sacar agua de una mina profunda requería mucha energía.
Aquí apareció una de las primeras grandes oportunidades para las máquinas de vapor.
Si una máquina podía bombear agua...
podía permitir que las minas fueran más profundas.
Y si las minas eran más profundas...
podían extraerse mayores cantidades de carbón.
Y entonces ocurría algo interesante:
más carbón permitía producir más máquinas.
Y las máquinas permitían extraer más carbón.
Había comenzado un círculo de crecimiento.
La máquina de vapor
Thomas Newcomen desarrolló a comienzos del siglo XVIII una máquina de vapor práctica para bombear agua de las minas.
Pero sería James Watt quien realizaría mejoras decisivas.
Watt no inventó la máquina de vapor desde cero.
La perfeccionó.
Hizo que utilizara el combustible de manera mucho más eficiente.
Y eso permitió que la máquina de vapor pudiera utilizarse en muchas más aplicaciones.
La máquina dejó de ser simplemente una herramienta para sacar agua de una mina.
Podía convertirse en una fuente de energía.
Y una fuente de energía que no dependía directamente de la fuerza de un animal, de la corriente de un río o de la dirección del viento.
Eso era revolucionario.
La energía podía viajar con la máquina
Un molino necesita estar junto al río.
Una máquina impulsada por viento necesita viento.
Pero una máquina de vapor podía instalarse prácticamente donde existiera combustible.
Eso cambió la geografía de la producción.
Las fábricas ya no tenían que depender exclusivamente de una fuente natural de energía.
Podían concentrarse donde hubiera trabajadores, materias primas, mercados y transporte.
La energía comenzaba a independizarse parcialmente de la naturaleza inmediata.
Y eso permitió algo que antes era muy difícil:
concentrar cientos de trabajadores y máquinas en un mismo lugar.
Habían nacido las grandes fábricas.
La fábrica
Durante siglos, buena parte de la producción se había realizado en pequeños talleres o en los hogares.
Un artesano fabricaba un producto.
Un aprendiz lo ayudaba.
Cada objeto podía tener pequeñas diferencias.
La producción era relativamente lenta.
La fábrica introdujo otra lógica.
Decenas.
Cientos.
Y posteriormente miles de trabajadores podían concentrarse en un mismo sistema productivo.
Cada persona podía realizar una tarea específica.
Las máquinas podían trabajar durante muchas horas.
Los procesos podían organizarse.
El tiempo podía medirse.
La producción podía planificarse.
El objeto comenzaba a convertirse en el resultado de una cadena.
Y esa cadena podía producir cantidades enormes.
La industria textil
Uno de los primeros sectores en transformarse fue el textil.
La demanda de telas era enorme.
Y existían numerosos inventos destinados a acelerar el proceso.
La Spinning Jenny.
La Water Frame.
La Spinning Mule.
El telar mecánico.
Cada innovación permitía producir hilo o tejido con mayor rapidez.
El resultado fue espectacular.
La producción textil aumentó enormemente.
La ropa podía producirse a menor costo.
Los mercados se expandieron.
Y la industria necesitó cada vez más materias primas.
Entre ellas, una especialmente importante:
el algodón.
Una paradoja terrible
Aquí aparece uno de los aspectos más oscuros de la Revolución Industrial.
La industrialización produjo riqueza y aumentó enormemente la capacidad productiva.
Pero también estuvo vinculada a sistemas de explotación.
El algodón que alimentaba buena parte de la industria británica dependía en gran medida de la producción en plantaciones y del trabajo de personas esclavizadas, especialmente en Estados Unidos.
La máquina podía acelerar la producción.
Pero la máquina no eliminaba automáticamente la injusticia.
La tecnología podía aumentar la riqueza mientras millones de personas seguían viviendo bajo condiciones terribles.
Esto nos recuerda algo que aparecerá repetidamente en la historia:
el progreso tecnológico y el progreso moral no son exactamente lo mismo.
Una sociedad puede inventar máquinas extraordinarias y seguir cometiendo injusticias.
El nacimiento de la clase obrera industrial
La fábrica necesitaba trabajadores.
Miles de personas comenzaron a desplazarse hacia los centros industriales.
Muchos abandonaron el campo.
Las ciudades crecieron rápidamente.
Manchester se convirtió en uno de los grandes símbolos de la industrialización británica.
Pero la vida de muchos trabajadores era extremadamente dura.
Jornadas laborales de muchas horas.
Salarios bajos.
Viviendas precarias.
Accidentes.
Contaminación.
Trabajo infantil.
La Revolución Industrial había creado una enorme capacidad productiva.
Pero la distribución de sus beneficios era profundamente desigual.
Los niños en las fábricas
Uno de los aspectos más duros de esta época fue el trabajo infantil.
Niños muy pequeños trabajaban en minas y fábricas.
Algunos realizaban tareas peligrosas.
Otros trabajaban jornadas interminables.
¿Por qué?
Porque eran baratos.
Porque podían realizar determinadas tareas en espacios pequeños.
Y porque las leyes laborales eran todavía muy limitadas.
La industrialización obligaría a las sociedades a enfrentar una pregunta nueva:
¿Debe existir un límite para lo que un empleador puede exigir a un trabajador?
La respuesta tardaría décadas en construirse.
El tiempo se convirtió en dinero
La fábrica transformó también nuestra relación con el tiempo.
En una sociedad agrícola, gran parte del trabajo estaba determinado por las estaciones.
La luz del día.
El clima.
Los ciclos de la naturaleza.
La fábrica funcionaba de otra manera.
Había horarios.
Turnos.
Relojes.
Entrada.
Salida.
Productividad.
La puntualidad adquirió un valor económico enorme.
El tiempo podía medirse.
Y si podía medirse...
también podía convertirse en una unidad de producción.
La frase “el tiempo es dinero” adquirió una dimensión completamente nueva.
El ferrocarril
Pero las máquinas no solamente cambiaron las fábricas.
También transformaron el transporte.
Las locomotoras de vapor permitieron mover personas y mercancías a velocidades nunca antes vistas.
Durante miles de años, viajar grandes distancias había sido lento.
Ahora una persona podía recorrer en horas una distancia que antes podía requerir días.
El ferrocarril conectó ciudades.
Conectó regiones.
Conectó mercados.
Permitió transportar enormes cantidades de materias primas y productos.
La distancia comenzaba a perder parte de su poder.
El mundo se hizo más pequeño
Antes de la industrialización, transportar una mercancía a cientos de kilómetros podía ser caro y lento.
Después, los ferrocarriles y los barcos de vapor redujeron enormemente los costos y tiempos.
El carbón podía viajar.
El hierro podía viajar.
El algodón podía viajar.
Los alimentos podían viajar.
Las personas podían viajar.
Las ciudades comenzaron a integrarse en redes económicas cada vez mayores.
La economía dejó de ser principalmente local.
Comenzó a convertirse en algo mucho más amplio.
La economía industrial era una economía de conexiones.
El barco de vapor
El vapor también transformó los océanos.
Los barcos ya no dependían exclusivamente del viento.
Podían utilizar motores.
Esto hizo que las rutas marítimas fueran más previsibles y, progresivamente, más rápidas.
Los continentes estaban cada vez más conectados.
El comercio internacional creció.
Pero también crecieron las posibilidades de expansión imperial.
La industrialización no ocurrió aislada de la política mundial.
Las potencias industriales buscaban materias primas.
Mercados.
Territorios.
Recursos.
La misma tecnología que conectaba al mundo también podía utilizarse para dominarlo.
El hierro y el acero
Otra transformación fundamental ocurrió en los materiales.
El hierro comenzó a producirse a una escala cada vez mayor.
Después, el desarrollo de nuevos procesos permitió fabricar acero de manera mucho más eficiente.
Y el acero se convirtió en uno de los materiales fundamentales de la civilización industrial.
Ferrocarriles.
Puentes.
Máquinas.
Edificios.
Barcos.
Herramientas.
La humanidad estaba construyendo cosas más grandes y resistentes que nunca.
La arquitectura comenzó a cambiar.
Las ciudades comenzaron a cambiar.
El paisaje comenzó a cambiar.
Una nueva relación con la naturaleza
Durante miles de años, la naturaleza había sido principalmente una fuerza que la humanidad debía soportar.
El clima podía destruir cosechas.
Los ríos podían provocar inundaciones.
Las distancias limitaban el comercio.
La oscuridad limitaba las actividades.
La Revolución Industrial comenzó a cambiar esa relación.
La humanidad aprendió a extraer enormes cantidades de energía de combustibles fósiles.
Podía transformar paisajes.
Construir canales.
Abrir minas.
Tender ferrocarriles.
Construir fábricas.
Desviar ríos.
Y producir cantidades de bienes antes inimaginables.
Habíamos aumentado enormemente nuestra capacidad para transformar el planeta.
La contaminación
Pero esa capacidad tenía un precio.
Las ciudades industriales se llenaron de humo.
El carbón contaminaba el aire.
Los ríos recibían residuos.
Las fábricas producían enormes cantidades de desechos.
El crecimiento industrial no tenía todavía los conocimientos ni las regulaciones ambientales que hoy consideramos necesarias.
La industrialización resolvía algunos problemas mientras creaba otros.
Y muchas de esas consecuencias tardarían décadas en comprenderse.
La producción en masa
La gran revolución no consistió solamente en fabricar más.
Consistió en cambiar la relación entre producción y consumo.
Cuando una fábrica puede producir miles de unidades de un mismo producto, el precio puede disminuir.
Cuando el precio disminuye, más personas pueden comprarlo.
Cuando más personas compran, aumenta la demanda.
Y cuando aumenta la demanda...
las fábricas producen todavía más.
Se crea otro círculo:
más producción → menores costos → más consumidores → más producción.
Esta lógica terminaría transformando la vida cotidiana.
La ciudad moderna
La industrialización aceleró la urbanización.
Millones de personas comenzaron a abandonar zonas rurales y trasladarse a ciudades.
Las ciudades crecieron rápidamente.
Aparecieron barrios obreros.
Grandes avenidas.
Estaciones de tren.
Fábricas.
Almacenes.
Nuevos sistemas de transporte.
La ciudad moderna comenzó a adquirir su forma.
Pero el crecimiento fue tan rápido que muchas ciudades no estaban preparadas.
Faltaban sistemas adecuados de agua potable.
Alcantarillado.
Vivienda.
Servicios sanitarios.
La industrialización obligó a inventar también nuevas formas de organizar la vida urbana.
El nacimiento de nuevas ideas políticas
La fábrica creó una nueva clase social:
el proletariado industrial.
Trabajadores que no poseían las fábricas ni las máquinas.
Su principal recurso era su trabajo.
La concentración de miles de trabajadores en los mismos espacios produjo también nuevas formas de organización.
Sindicatos.
Movimientos obreros.
Partidos políticos.
Reivindicaciones laborales.
La industrialización no sólo cambió la economía.
Cambió la política.
Adam Smith y la economía moderna
La transformación industrial coincidió con nuevas formas de pensar sobre la economía.
Adam Smith había publicado en 1776 La riqueza de las naciones.
Analizó cuestiones como la división del trabajo, la productividad y los intercambios económicos.
La famosa fábrica de alfileres que describe muestra una idea fundamental:
si el proceso productivo se divide en tareas especializadas, la productividad puede aumentar enormemente.
La especialización se convirtió en uno de los principios fundamentales de la economía industrial.
Pero llegó también Marx
Karl Marx observó la misma transformación desde otra perspectiva.
En el siglo XIX analizó las relaciones entre capital y trabajo.
Se preguntó quién controlaba las fábricas.
Quién recibía los beneficios.
Quién asumía los costos.
Y qué consecuencias sociales producía la concentración de riqueza.
Sus ideas tendrían una enorme influencia política durante los siglos XIX y XX.
La Revolución Industrial había creado una nueva pregunta:
¿quién debe beneficiarse del enorme poder productivo de las máquinas?
La paradoja de la máquina
La máquina podía hacer algo extraordinario.
Multiplicar la productividad humana.
Un trabajador con una máquina podía producir mucho más que un trabajador utilizando herramientas tradicionales.
Eso podía generar riqueza.
Pero también podía eliminar determinados empleos.
La máquina podía ser al mismo tiempo:
una herramienta de liberación
y
una amenaza para quien dependía de un trabajo que la máquina podía realizar.
Esta tensión aparecerá nuevamente en nuestra historia.
Especialmente cuando lleguemos a la automatización y a la inteligencia artificial.
La educación también tuvo que cambiar
Una sociedad industrial necesitaba trabajadores capaces de leer.
Escribir.
Calcular.
Seguir instrucciones.
Comprender máquinas.
Organizar procesos.
La educación comenzó a adquirir una importancia económica nueva.
Ya no era solamente una cuestión cultural.
Una nación industrial necesitaba población alfabetizada.
Necesitaba ingenieros.
Técnicos.
Administradores.
Científicos.
Maestros.
La relación entre educación y desarrollo económico comenzó a hacerse cada vez más evidente.
Y esto nos llevará directamente al siguiente gran capítulo de nuestra serie.
De la máquina al sistema
La Revolución Industrial produjo algo más profundo que fábricas.
Creó una nueva manera de organizar la sociedad.
Producción a gran escala.
Mercados nacionales.
Comercio internacional.
Ciudades industriales.
Trabajo especializado.
Educación masiva.
Nuevas clases sociales.
Nuevas ideologías.
Nuevas instituciones.
La máquina había dejado de ser una herramienta aislada.
Ahora formaba parte de un sistema.
Y ese sistema cambiaría la vida de prácticamente todos.
La segunda gran transformación
La primera Revolución Industrial estuvo dominada por el carbón, el vapor, el hierro y el textil.
Pero el proceso no terminó allí.
Durante el siglo XIX aparecerían nuevas fuentes de energía y nuevas tecnologías.
Electricidad.
Petróleo.
Motor de combustión interna.
Química industrial.
Telégrafo.
Teléfono.
Producción en masa.
La velocidad del cambio comenzaría a aumentar.
La humanidad había aprendido a utilizar energía en cantidades enormes.
Ahora estaba a punto de aprender a transmitir información casi instantáneamente.
El hilo invisible
Miremos nuevamente nuestra cadena.
Alejandría → reunir.
Los monjes → conservar.
Gutenberg → multiplicar.
El Renacimiento → recuperar.
La Revolución Científica → comprobar.
La Ilustración → cuestionar.
La Revolución Industrial → transformar.
El conocimiento ya no estaba solamente en los libros.
Ahora podía convertirse en máquinas.
Las ideas podían convertirse en motores.
Las matemáticas podían convertirse en puentes.
La ciencia podía convertirse en fábricas.
Y la energía podía convertirse en producción.
Pero había otra revolución esperando.
Una revolución que no movería principalmente mercancías.
Movería algo todavía más importante:
información.
La gran pregunta
Durante miles de años, enviar un mensaje a larga distancia podía tardar semanas o meses.
Un barco.
Un caballo.
Un mensajero.
Una carta.
Pero ¿qué ocurriría si pudiéramos enviar información prácticamente de inmediato?
¿Qué ocurriría si una persona en Londres pudiera comunicarse con otra en Nueva York en cuestión de minutos?
¿Qué ocurriría si los gobiernos, los comerciantes, los periódicos y los ciudadanos pudieran transmitir información a través de continentes?
La respuesta cambiaría la economía.
La política.
La prensa.
Las guerras.
Los negocios.
Y la vida cotidiana.
La humanidad estaba a punto de conquistar una nueva frontera:
la velocidad de la información.
Siguiente capítulo
Capítulo 19 — La Educación Pública: Cuando el conocimiento dejó de ser privilegio
La civilización había aprendido a producir más.
Ahora tendría que resolver una pregunta fundamental:
¿cómo conseguimos que más personas puedan aprender?